Por Mayerlin Martínez Paredes
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Vivimos tiempos en los que el sentido común parece estar de vacaciones y la sensatez se confunde con censura. Basta con alzar la voz ante una conducta vulgar o una evidente falta de valores, para ser etiquetados de “envidiosos” o “amargados”. Pero no, cuestionar no es envidiar. Es, en muchos casos, un acto de conciencia, responsabilidad social y dignidad.
La vulgaridad, que no siempre tiene que ver con lo material, sino con lo actitudinal, se ha vuelto espectáculo. Se disfraza de “autenticidad”, se alimenta de aplausos fáciles en redes sociales y se normaliza en nombre de una falsa libertad de expresión. Lo preocupante es que quienes osan señalar sus efectos corrosivos en la cultura, la educación y el respeto mutuo, son desacreditados como si estuvieran atacando el éxito o la felicidad ajena.
Pero la envidia nace del deseo de poseer lo que el otro tiene. Cuestionar lo vulgar no responde a ese deseo, sino a la defensa de ciertos principios. No todo lo que es visible merece admiración. No todo lo que brilla tiene valor. Y no todo lo que se repite como tendencia debe ser aceptado sin crítica.
Decir que no está bien glorificar la grosería, la ostentación sin propósito, la violencia verbal, la banalización del cuerpo o la apología de la ignorancia, no es retrogradar, es resistir. Porque si no resistimos, corremos el riesgo de criar generaciones sin brújula, donde se confunda el respeto con represión, y la vulgaridad con empoderamiento.
Los valores no son moda, son cimientos. Y cuando se tambalean, todo lo demás tiembla. La familia, la educación, las relaciones humanas y hasta el modo en que nos proyectamos como sociedad.
Por eso, no. Cuestionar lo vulgar y las faltas de valores no es envidia. Es amor propio. Es preocupación legítima. Es un acto de responsabilidad.
¡Con afectos!
















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