De mi puño y letra.
Vivimos en la era de la inmediatez. Una época en la que opinar es tan fácil como hacer clic, y en la que el silencio parece haber perdido valor. En este escenario han cobrado protagonismo los que creen saber de todo y no dudan en opinar sobre cualquier tema, desde física cuántica hasta conflictos geopolíticos, pasando por salud pública, crianza, religión, feminismo, educación, leyes y hasta cómo se debe freír un huevo. Nada les es ajeno. Todo lo dominan. Al menos, en su cabeza.
Este fenómeno no es nuevo, pero hoy es más visible y ruidoso que nunca, gracias a las redes sociales. Antes, estas personas eran los “todólogos” del barrio, de la oficina, del salón de clases. Hoy tienen perfiles, canales, cuentas virales. Algunos incluso construyen audiencias y autoridad digital sin más base que una autoconfianza inflada y un teclado a la mano.
Opinión no es conocimiento
Tener derecho a opinar no significa que toda opinión esté bien fundamentada ni que tenga el mismo peso que un argumento respaldado por evidencia. Confundir la libertad de expresión con la validez universal de todo lo que se dice es uno de los errores más comunes y más peligrosos en la era digital.
Opinar no es malo. De hecho, es saludable en una sociedad democrática. Pero cuando la opinión sustituye al conocimiento, cuando no hay espacio para la duda, el matiz o el “no sé”, entonces entramos en un terreno donde la arrogancia reemplaza al pensamiento crítico.
El síndrome del experto de sofá
Este tipo de personas suele mostrar un patrón: hablan mucho, escuchan poco. Rara vez admiten ignorancia o reconocen que alguien más puede saber más que ellos. Buscan imponer su punto de vista más que construirlo en diálogo. No consultan fuentes serias; y si lo hacen, solo citan lo que refuerza sus ideas. Se alimentan de titulares, frases virales y verdades a medias.
En psicología hay algo llamado el efecto Dunning-Kruger, que explica cómo las personas con bajo conocimiento tienden a sobreestimar su competencia. En otras palabras, cuanto menos saben, más creen saber. Y ese exceso de seguridad, irónicamente, los hace parecer más convincentes ante quienes tampoco tienen suficientes herramientas para distinguir lo veraz de lo falso.
El daño de opinar sin saber
Cuando alguien opina superficialmente sobre un tema complejo como el suicidio, las vacunas, la orientación sexual o la política pública sin tener el contexto, formación o empatía necesaria, puede causar daño real. Las palabras no se las lleva el viento, sobre todo si tienen eco en muchas personas.
La sobreexposición de opiniones sin base también debilita la confianza en las voces verdaderamente calificadas. ¿Quién va a escuchar al experto si el influencer de turno dice lo contrario con más seguridad y millones de seguidores?
¿Y si aprendemos a callar más y preguntar mejor?
Saber decir “no sé” debería ser un acto de inteligencia y humildad, no de debilidad. Escuchar antes de hablar, investigar antes de opinar, cuestionar nuestras propias creencias antes de compartirlas como verdades absolutas… todo eso es más valioso hoy que nunca.
No todo requiere nuestra opinión. No todo se trata de tener la última palabra. A veces, el verdadero valor está en hacer preguntas sinceras, en aprender, en dudar, en dejar espacio para el conocimiento y no solo para el ruido.
En una sociedad saturada de voces, quien sabe callar también comunica. Y quien opina con responsabilidad, incluso en desacuerdo, siempre construye más que quien simplemente habla por hablar.
¡Con afectos!

















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