De mi puño y letra
Vivimos en una era de sobreinformación, donde el acceso al conocimiento está al alcance de un clic. Sin embargo, paradójicamente, muchas personas siguen eligiendo no nutrirse intelectualmente, quedándose con versiones parciales o distorsionadas de la realidad. Esta elección —voluntaria o no— no es menor: una mente que no se alimenta de conocimiento es una mente fácilmente manipulable.
Históricamente, el control sobre los pueblos se ha basado no solo en la fuerza, sino también, y sobre todo, en la ignorancia. Las dictaduras han temido a los libros más que a las armas, y los populismos se han sostenido en la desinformación. Esto no es casual: la educación despierta la conciencia, y la conciencia incomoda al poder.
Decir que “las personas incultas son fáciles de manipular” puede sonar duro, pero encierra una verdad incómoda. No se trata de despreciar a quienes no tuvieron acceso a una educación formal, sino de señalar una realidad: cuando una persona no desarrolla pensamiento crítico, es más vulnerable a creer lo que otros quieren que crea, ya sea en forma de noticias falsas, teorías conspirativas, publicidad engañosa o discursos populistas.
Pero también debemos reconocer que la incultura no siempre es una elección individual. Hay sistemas que se benefician de mantener a la población desinformada. Una ciudadanía educada cuestiona, vota con criterio, exige derechos y participa activamente en la vida pública. En cambio, una ciudadanía ignorante delega, se conforma y acepta sin protestar.
El problema no es la falta de títulos académicos, sino la falta de inquietud intelectual, de lectura, de reflexión. Nutrirse de conocimientos no implica ser un erudito, sino mantener viva la curiosidad y el deseo de comprender el mundo con mayor profundidad.
Hoy más que nunca, en un mundo plagado de bulos y algoritmos que refuerzan creencias sin fundamento, educarnos , a cualquier edad, es un acto de rebeldía y defensa propia. La ignorancia no solo nos aleja de la verdad; nos entrega en bandeja a quienes quieren decidir por nosotros.
Que no nos manipulen. Leamos, preguntemos, debatamos. Porque el conocimiento no solo libera: también protege.

















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