Mayerlin Martínez,periodista
Vivimos en una sociedad que corre contra el reloj. Las personas están tan concentradas en alcanzar metas, en cumplir con sus compromisos y en mostrar resultados, que con frecuencia descuidan lo verdaderamente importante: la vida misma y la calidad de sus relaciones.
El esfuerzo por crecer profesionalmente, tener más bienes o alcanzar reconocimiento no es negativo en sí mismo; el problema surge cuando esa búsqueda desplaza lo esencial: la familia, la salud, la paz interior y los momentos que jamás regresan.
¿Cuántos padres trabajan incansablemente para “darles lo mejor a sus hijos”, pero al final no están presentes para verlos crecer? ¿Cuántos profesionales buscan el éxito sin reparar en que su cuerpo les pasa factura por la falta de descanso, buena alimentación o equilibrio emocional?
El tiempo que dedicamos a nuestros objetivos nos habla de nuestras prioridades. Y aunque perseguir sueños es necesario, resulta más sabio aprender a balancear: trabajar con disciplina, pero también detenerse para disfrutar, compartir, agradecer y cuidar de uno mismo y de los demás.
Lo más importante no es lo que logramos acumular, sino la huella que dejamos en quienes nos rodean y la paz con la que caminamos cada día. Al final, los logros son pasajeros, pero los afectos y la salud son lo que sostiene el verdadero sentido de la vida.

















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