Foto: Fuente Externa
En la República Dominicana se observa con creciente preocupación un patrón alarmante: las agresiones sexuales cometidas en grupo, un fenómeno que, aunque no es nuevo en el mundo, empieza a manifestarse con mayor frecuencia en nuestro entorno. Se trata de una práctica que combina violencia, poder y complicidad, dejando a las víctimas en un estado de extrema vulnerabilidad y marcando a la sociedad con una peligrosa tendencia.
La lógica perversa del “todos contra una”
Estos ataques, generalmente dirigidos contra mujeres jóvenes, reflejan lo peor del machismo y la cultura de dominación: hombres que encuentran en la colectividad una forma de legitimarse entre sí, mientras despojan a la víctima de toda posibilidad de defensa. No se trata de un simple abuso, sino de una acción concertada donde el grupo actúa como verdugo, anulando la humanidad de la persona agredida.
La crueldad no termina en el hecho mismo: muchas veces estas agresiones son grabadas y difundidas en redes sociales, lo que convierte a la víctima en doblemente violentada y expone la banalización de un crimen que debería causar indignación generalizada.
Factores detrás del fenómeno
Las agresiones grupales responden a una mezcla de factores:
- Normalización de la violencia sexual en canciones, redes sociales y conversaciones cotidianas.
- Impunidad: los agresores confían en que, al ser varios, la responsabilidad se diluye.
- Presión de pares, donde la masculinidad tóxica empuja a los jóvenes a “probar su hombría” participando en actos aberrantes.
- Ausencia de educación sexual integral, que refuerce valores de respeto, consentimiento y empatía.
La respuesta urgente
El Estado dominicano no puede mirar hacia otro lado. Casos de esta naturaleza requieren una respuesta ejemplar desde la justicia: investigaciones rápidas, sanciones severas y políticas públicas de prevención. Cada agresión grupal que queda impune alimenta la idea de que este delito puede repetirse sin consecuencias.
Las familias, escuelas y comunidades también deben asumir su parte. Educar a los niños y adolescentes en valores de respeto, igualdad y límites claros puede marcar la diferencia entre una juventud que se deje arrastrar por la violencia o una generación que la confronte.
Una sociedad en riesgo
Las agresiones sexuales grupales no son solo ataques individuales: representan una amenaza colectiva, porque buscan instalar el miedo, la indefensión y la cosificación absoluta del ser humano. Si no se detiene a tiempo, esta práctica podría convertirse en una de las expresiones más brutales de violencia en nuestro país.
La República Dominicana debe reaccionar con firmeza. La “moda” de las agresiones sexuales grupales no puede permitirse; detenerla es un deber ético, legal y social. La dignidad y la vida de nuestras mujeres y jóvenes no pueden seguir en juego.

















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